El cielo cobró el sentido que había perdido la vida de Roger.
El comerciante ambulante, aparte de afilar cuchillos y demás menesteres punzantes, cumplía la función de despertador todas las mañanas de domingo. Volvieron las flores a adornar los balcones en los que se apoyaban los abuelos lamentándose de la procrastinación imperante en sus largas vidas mientras fumaban una pipa y escuchaban de fondo a sus mujeres, las cuales entre esquinas competían entre artritis y prótesis de cadera. Los ojos tristes de la camarera que le servía el americano a primera hora y a media mañana tenían un color distinto, ahora se despedía deseando un buen día a todo aquel que pisara su cafetería y ahogar la muerte de su marido en botellas de vino por las noches pasó a otra vida peor. Su vecino, aislado del mundo y recluido en el edificio, convencido de la amenaza que suponían los chemtrails para su integridad, aseguraba verle salir todas las mañanas a las 7:12 a través de la ventana de la habitación de su hija. Roger cerró la puerta a la vez que se encendía un cigarrillo y pensó entre sí que si aquel buen hombre conocía su rutina, sus días habrían de ser igual de monótonos.
El sol no se atrevía a salir y se retrasaba.
lunes, 5 de mayo de 2014
sábado, 12 de abril de 2014
Llego y pienso en algo más lineal
sin la sensación de frío de las baldosas de este sitio y
con la espuma del cortado en tus labios.
Pienso en que tienes razón y quien no entiende soy yo, que no volverán las risas entre las sábanas ni los cuentos de buenas noches, ni cantaremos a grito pelao en la ducha, ni porqué te necesito si he vivido veintitrés años sin ti.
sin la sensación de frío de las baldosas de este sitio y
con la espuma del cortado en tus labios.
Pienso en que tienes razón y quien no entiende soy yo, que no volverán las risas entre las sábanas ni los cuentos de buenas noches, ni cantaremos a grito pelao en la ducha, ni porqué te necesito si he vivido veintitrés años sin ti.
viernes, 4 de abril de 2014
Un rioja.
El disco está rayado, alguien susurró desde el balcón. Me picó la curiosidad y subí. La puerta estaba entreabierta y, al fondo del pasillo, Fellini y Gregorio estaban tirados en el suelo, a punto de descorchar un rioja del 77 para amenizar la espera. Me esperaban a mí. Y ni siquiera tenían tocadiscos. Ni discos. Tarareaban canciones de Hope Sandoval y me preguntaron cuándo volverían los jilgueros.
jueves, 3 de abril de 2014
El banquete final.
Para él fue algo así como para ti la elección del banquete de la boda que no sueñas, o de cómo te vestirás mañana. Ahora, hay ceniza por todo y ellos, enfadados, repiten que la vida es bonita y gritan, todavía no entienden. Ellos dicen creer en la libertad pero siguen sin ver la máxima expresión de la misma en aquella bañera.
miércoles, 2 de abril de 2014
Cosquillas en la nariz.
Mi bicicleta tenía una ruedecilla menos
y el buen tiempo nos invitó a perdernos por allí.
Gritabas que no me separara de ti en carretera.
El sol nos cegaba, brillaban nuestras frentes.
Los almendros en primavera nos hacían cosquillas en la nariz,
pero no queríamos regresar.
Nos esperan para comer.
Salieron los caracoles y no levanté la vista del suelo para no hacerles daño.
No recuerdo un segundo de silencio.
y el buen tiempo nos invitó a perdernos por allí.
Gritabas que no me separara de ti en carretera.
El sol nos cegaba, brillaban nuestras frentes.
Los almendros en primavera nos hacían cosquillas en la nariz,
pero no queríamos regresar.
Nos esperan para comer.
Salieron los caracoles y no levanté la vista del suelo para no hacerles daño.
No recuerdo un segundo de silencio.
martes, 1 de abril de 2014
Sin destino
Las maletas albergaban el desorden de nuestras cabezas, corrimos sin saber a dónde. Perdimos los abrigos en la estación de partida. Siguen aquí medio cerradas y bajo la cama hay demasiados cristales que alguien debería barrer. Dos cafés fríos en la mesilla.
domingo, 30 de marzo de 2014
Octavas
Siete, siete, siete, disco rayado. Repetían en voz baja mientras agonizaban en la cama rodeados de botellas de vino barato rotas y papeles indescifrables cuando lo que anhelaban llegó inesperadamente de una forma distinta a cómo se lo esperaban. Llegó y cantó un rato bajo el cielo de asfalto sin música celestial ni nada parecido a lo que habían soñado durante los últimos años. Era el preámbulo de la octava curiosidad, letal para quiénes la encontraban. Entonces, se ataron con más fuerza las cadenas y cerraron los ojos con el deseo de no despertar jamás, meras pretensiones de hacer eterno lo efímero.
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